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Cinco pasos eficaces para dejar un lenguaje grosero

Cinco pasos eficaces para dejar un lenguaje grosero

En el barrio no lo conocían por su nombre de pila sino por el mote de “vulgarcito”. No, no se equivoque, no era por que fuera bajo de estatura sino porque pronunciaba cien palabras vulgares en un minuto.

Roberto, con ojos brillantes que reflejaban agresividad y una compulsión irracional de acentuar sus palabras con gestos. Soez, procaz, ofensivo. Su esposa Rebeca, quien testimoniaba con un rostro surcado de arrugas, los lagos años al lado de un hombre violento y grosero, aseguraba que jamás en treinta años de relación de pareja lo había escuchado decir algo edificante.

Es vulgar y ya me resigné que será así hasta la muerte— se quejaba ella.

Solo sus padres y hermanos sabían que su verdadero nombre era Roberto.

Era por naturaleza inseguro, aun cuando encubría su vulnerabilidad con una actitud camorrera.

Murió meses después de una cirrosis. Sus amigos lo acompañaron y uno de ellos colocó, con pintura roja: “Aquí yace vulgarcito. Nunca pudo ser decente”. Creyeron que sería algo cómico, pero se convirtió en la descripción de lo que fue en vida.

Surgen aquí dos interrogantes que sólo usted puede responder:

… ¿Cómo lo conocen e identifican quienes le rodean, ¿Cómo alguien vulgar o decente en la forma de hablar?

… ¿Acompaña sus expresiones cotidianas con vulgaridad? ¿Está haciendo algo para abandonar el trato soez y agresivo con el que se dirige a las demás personas?

Preguntémonos, además, ¿Cómo nos afectan las palabras vulgares?

Las palabras vulgares, hablan mal de nosotros

Las palabras vulgares afectan nuestra imagen, y no solo nuestra apreciación individual sino lo que piensan y dicen los demás respecto a nosotros.

¿La razón? Lo que expresamos revela qué hay dentro, como lo enseñó el Señor Jesús: “Lo que ustedes enseñan es tan malo como el veneno de una serpiente. ¡Claro!¿Cómo van a decir cosas buenas, si ustedes son malos? Porque si alguien es bueno, siempre dice cosas buenas, y si es malo, siempre dice cosas malas.” (Mateo 12:34, 35, Traducción en Lenguaje Actual)

Es evidente: si anidamos maldad en el corazón, hablaremos maldad. Debemos tener en cuenta que las palabras soeces pueden convertirse en un hábito. Y cuando esto sucede, ponen en evidencia que no hemos experimentado un sólido cambio y crecimiento interior.

El amado Maestro lo sintetizó magistralmente cuando dijo: “Ustedes los podrán reconocer, pues no hacen nada bueno. Son como los espinos, que sólo te hieren. El árbol bueno sólo produce frutos buenos y el árbol malo sólo produce frutos malos.” (Mateo 7:15-18, Traducción en Lenguaje Actual)

Quizá reconoce que tiene problemas con sus palabras. Es vulgar. Una y otra vez ha intentado sobreponerse a la procacidad con la que se expresa y reincidió en la misma situación. ¡Es tiempo de hacer un examen cuidadoso de su comportamiento!

Afectan las relaciones interpersonales

Ser vulgar al expresarnos levanta una enorme barrera en las relaciones interpersonales. Ofende a quienes nos rodean. Cada palabra termina alimentando una actitud agresiva.

Cuando vamos a las Escrituras hallamos que se asocia a alguien perfecto con las personas que hablan apropiadamente: “Todos cometemos muchas faltas. ¿Quién, entonces, es una persona madura? Sólo quien es capaz de dominar su lengua y de dominarse a sí mismo.” (Santiago 3:2, Traducción en Lenguaje Actual)

También advierte sobre la necesidad de medir el alcance de todo cuanto decimos: “Hablar mucho es de tontos; saber callar es de sabios.” (Proverbios 10:19, Traducción en Lenguaje Actual)

Si tiene problemas porque acompaña cada diálogo con expresiones vulgares y ese comportamiento le está trayendo dificultades con otras personas, es necesario hacer un alto en el camino y aplicar correctivos con ayuda de Dios.

Afecta nuestra vida espiritual

Quien no refrena sus palabras y deja que afloren expresiones vulgares, levanta también una enorme barrera en la relación con Dios. Pone tropiezo a nuestras oraciones: “Con nuestra lengua podemos bendecir o maldecir. Con ella alabamos a nuestro Dios y Padre, y también insultamos a nuestros semejantes, que Dios hizo parecidos a él mismo. Hermanos, ¡esto no debe ser así! De un mismo pozo no puede salir agua dulce y agua amarga o salada.” (Santiago 3:10, 11. Traducción en Lenguaje Actual)

Ahora, quien nos escuche expresiones con procacidad, dudará de cuál es nuestra relación con Dios; sería tanto como ir en contravía de los principios de cambio y crecimiento personal y espiritual que nos deben caracterizar. “Ustedes deben cambiar completamente su manera de pensar; y ser honestos y santos de verdad como corresponde a personas que Dios ha vuelto a crear, para ser como él.” (Efesios 4.23, 24. Traducción en Lenguaje Actual)

¿Acaso las malas palabras nos gobiernan? Es tiempo de decidirse por el cambio y la transformación con ayuda de Dios.

Recuerde que responderemos ante Dios por cada unqa de nuestras palabras, como enseñó el Señor Jesús: “Les aseguro que en el día del juicio final todos tendrán que explicar por qué hablaron para hacerles daño a los demás. Dios juzgará a cada uno de acuerdo con sus palabras: Si dijeron cosas buenas se salvarán, pero su dijeron cosas malas serán castigados.” (Mateo 12:36, 37. Traducción en Lenguaje Actual)

¿Se da cuenta de la trascendencia de medir cuidadosamente lo que decimos?

Cinco principios transformadores

Comparto con usted cinco principios sencillos pero eficaces que le permitirán experimentar transformación en su forma de hablar, dejando de lado las palabras soeces que tanto nos perjudican:

1.- Reconozca en grado de perjuicio de las palabras vulgares

Un paso esencial para cambiar con ayuda de Dios, estriba en reconocer el grado de perjuicio que trae a nuestra vida el expresarnos con vulgaridad. Recuerde que nos perjudica enormemente en las dimensiones personal y espiritual.

2.- Sométase a la voluntad de Dios

La voluntad de Dios es que experimentemos transformación en la forma de expresarnos. Y como hombres y mujeres renovados, debemos someternos a su propósito para nosotros, como escribió el apóstol Pablo: “No digan malas palabras. Al contrario, digan siempre cosas buenas, que ayudan a los demás a crecer espiritualmente, pues eso es muy necesario.” (Efesios 4:29, Traducción en Lenguaje Actual)

3.- Reconozca que las palabras edifican o destruyen

Todos los seres humanos debemos medir cuidadosamente el alcance de cuanto decimos, concientes que nuestras palabras edifican o destruyen. La Biblia enseña que “La lengua tiene poder para dar vida y para quitarla; los que no paran de hablar sufren las consecuencias.” (Proverbios 18:21, Traducción en Lenguaje Actual)

Es clave que seamos moderados al hablar por que “…el que mucho habla dice muchas tonterías.” (Eclesiastes 5:3 b, Traducción en Lenguaje Actual). No olvide que “Si alguien se cree muy santo y no cuida sus palabras, se engaña a sí mismo y de nada le sirve tanta religiosidad.” (Santiago 1.26, Traducción en Lenguaje Actual)

4.- Limpie sus palabras de toda mancha de maldad

Como hombres y mujeres renovados, es tiempo de limpiar las palabras de toda carga de maldad, como enseñó el rey Salomón: “Si quieren mgozar de la vida y vivir una vida feliz, dejen de hablar mal de otros y de andar diciendo mentiras; aléjense del mal y hagan lo bueno, y procuren vivir siempre en paz.” (Proverbios 34:12-14, Traducción en Lenguaje Actual)

5.- Pida la ayuda de Dios

En nuestras fuerzas difícilmente cambiamos; sin embargo, con ayuda de Dios, experimentamos la transformación y crecimiento personal y espiritual que tanto anhelamos. Él nos da el poder para lograrlo y hacer realidad la recomendación del apóstol Pablo: “Hablen siempre de cosas buenas, díganlas de manera agradable, y piensen bien cómo se debe contestar a cada uno.” (Colosenses 4:6; Cf. Marcos 9:50, Traducción en Lenguaje Actual)

¡Su vida puede ser diferente! Basta que le abra las puertas de su corazón a Dios. Él quiere ayudarle en ese proceso de cambio. Le permitirá transformar su forma de expresarse.

¿Ya recibió a Jesucristo?

Es esencial que le abramos las puertas de nuestro corazón a Jesucristo. Es el paso más importante. Hacerlo es sencillo. Recibirlo en nuestro ser como único y suficiente Salvador. Es muy sencillo. Puede hacerlo ahora mismo, allí donde se encuentra. Dígale:
“Señor Jesús, reconozco mi pecado. Gracias por morir en la cruz para traerme perdón y abrirme las puertas a una nueva vida. Te recibo Señor Jesucristo como mi único y suficiente Salvador. Declaro que mi vida te pertenece. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea e inscribe mi nombre en el libro de la vida. Amén”
¡Bienvenido a la libertad! Cristo lo hace libre. En adelante, permanezca prendido de la mano de Jesucristo. Ahora tengo tres recomendaciones para usted. La primera, hacer de la oración un principio de vida diario; el segundo, lea la Biblia. Aprenderá principios maravillosos para su crecimiento personal y espiritual, y por último, comience a congregarse en una iglesia cristiana. ¡Su vida jamás será la misma!

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