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Corrija errores en su relación conyugal

Corrija errores en su relación conyugal

¿Qué relación familiar no enfrenta momentos difíciles? No conozco la primera que no haya atravesado por períodos críticos. Lo grave es que sabemos que hay tropiezos pero, generalmente, no hacemos lo más mínimo por cambiar.

Le invito a revisar su relación conyugal. ¿Cómo anda? ¿Mal? Y si anda mal, ¿en qué ha contribuido usted a ese estado? Son preguntas que le pueden ayudar a salvar su matrimonio, porque al diagnóstico debe sumar la decisión de cambiar.

Y si a estos elementos le añade el más importante: Permitir que Dios gobierne su familia, entonces el asunto va bien encaminado.

¿Cómo es la comunicación con su cónyuge?

La relación conyugal no es estática; por el contrario, es dinámica. Está llamada a experimentar cambios y crecimiento. Ajustes cuando identificamos que hay errores. El problema radica en la reincidencia en hábitos y comportamientos equivocados, que somos conscientes, desencadenan conflictos. No disponernos a evaluar y aplicar correctivos, agudiza la tensión y los enfrentamientos que deterioran el amor.
En criterio de los especialistas: “Comportamientos como espiar el celular del cónyuge para saber cuáles son sus contactos, a quién llamó o con quién se comunicó en el whatsapp; escuchar a escondidas sus llamadas telefónicas; criticar con frecuencia a sus familiares, exigirle constantemente que cambie o darle cantaleta hasta más no poder, son malos hábitos que terminan incluso, con la más sólida relación amorosa.” (Agencia Colprensa. 20/09/2015)
Un primer aspecto que debemos abordar es la comunicación. Comunicarnos no es tan solo hablar y compartir ideas. Va mucho más allá. Incluye saber decir las cosas, en qué momento y evaluar las consecuencias que desencadenan nuestras palabras.

Por ejemplo, muchos esposos y esposas prefieren callar y guardan el resentimiento en su corazón. Si algo no les gusta, asumen el silencio. Su pretexto es que así evitan pelearse. O también, que eluden reproches del otro.

Con este comportamiento lo que alimentan es una rabia contenida que hacia futuro traerá como consecuencia conflictos mayores. Hacerlo es peligroso como advierte el rey Salomón: "El odio suscita rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones.” (Proverbios 10:12. La Biblia de Las Américas)

Todo aquello que genera inconformidad y dolor, debemos decirlo. No callar. Aquí caben las palabras de Salomón, el afamado rey que marcó la historia de Israel, también aconsejó: "Con la mucha paciencia se persuade al príncipe, y la lengua suave quebranta los huesos.” (Proverbios 25:15. LBdLA)

Cuando haya algo que no marche bien, hable con su pareja. Es lo más sano para los dos. Si el diálogo se torna complicado y la otra persona se altera, no se deje arrastrar por el momento. Cálmese. Conserve la serenidad. Tenga presente que el silencio es una forma de agresión y no hablar con el otro de lo que siente y piensa puede acabar con el vínculo. Hay que hablar pero en el momento apropiado.

Una vez se calmen los ánimos, retome el tema. Sobra decir que en todo ese tránsito, debe orar. Es fundamental que lo haga. No olvide que Dios debe gobernar la relación familiar y Él es quien nos ayuda a resolver los probemas.

¿Y qué decir de los celos? Es un comportamiento que obedece a dos factores. El primero, la inseguridad de uno de los componentes de la pareja, y el segundo, a una mala comunicación. Esta es la razón por la que muchas personas protagonizan escenas de celos y deterioran la unidad conyugal.

La celopatía es una enfermedad. De acuerdo con la sicología, el celoso crea imágenes donde no las hay, tiene desconfianza absoluta, no se autovalora. La víctima de celos debe entender que el otro es el que está equivocado y que debe buscar ayuda.

En tales casos hablar y conciliar los motivos que generan ese comportamiento, ayudará mucho en la construcción de una familia sólida.

¿Está dispuesto a cambiar con su familia?

Una mujer se quejaba de que su marido no era amoroso. “Ni siquiera me da un beso al llegar a casa”, se lamentaba. Cuando nos reunimos, encontramos que ella era bastante seca en el trato con su cónyuge. Como consecuencia, estaba cosechando lo que había sembrado.

No es el único caso. Hay infinidad de matrimonios en los cuales uno de los componentes de la pareja le pide al otro que cambie, pero él o ella no están dispuestos a asumir esos cambios que necesitan.
La especialista colombiana, Carolina Londoño Gutiérrez, enseña que “Es un error creer que cuando uno se casa puede cambiar al otro. Pensar por ejemplo, que una vez vivan juntos él dejará de ser el toma trago de cada fin de semana. La persona no va a cambiar porque su pareja se lo diga o por la llegada de un hijo. Si alguien tiene que cambiar es por decisión individual. No es sano pretender que la pareja va a cambiar por mí.” (Carolina Londoño Gutiérrez, citada en el diario El País. 20/09/2015, Edición impresa. Colombia. Pg. C4)
El paso para que se produzcan cambios,debemos darlo usted y yo primero. Recuerde la poderosa enseñanza del Señor Jesús: "Por eso, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas.” (Mateo 7:12. La Biblia de Las Américas)

Cuando decidimos revisar en qué estamos fallando y nos disponemos a cambiar con ayuda de Dios, estamos generando las condiciones para que la relación familiar experimente modificaciones sustanciales y crecimiento.

Hay aspectos pequeños que pueden marcar la diferencia. No hacer lo que, sabemos, contrariará al otro. Por ejemplo, husmear en su teléfono celular. Es esencial el respeto. Y si se desencadenan problemas, por no respetar la intimidad y espacios de nuestro cónyuge, lo natural es que debemos asumir las consecuencias.

El perfil de una red social, las claves de su correo electrónico e incluso, su dispositivo electrónico, son de carácter personal. Tampoco está bien en la relación de pareja escuchar las llamadas de la otra persona. Este comportamiento revela desconfianza y baja auto estima de quien lo protagoniza.

Es evidente que se trata de una falta de amor propio, pues se supone que la relación debe construirse sobre la confianza.

Cuando nos decidimos a revisar errores y aplicar cambios con ayuda de Dios, estamos dando un paso que nos ayudará mucho en el entendimiento familiar. Progresivamente nuestro esposo o esposa notarán los cambios y la intimidad, expresiones de amor y de confianza, serán más frecuentes. No espere que su pareja cambie si usted mismo no está en disposición de cambiar.

En todos los casos, debemos pedirle a Dios que nos conceda la sabiduría necesaria. Él nos enseña de qué manera actuar en cada caso, y si hay problemas, lo más seguro es que nos ayudará a encontrar la salida. Dios debe ocupar hoy y siempre el primer lugar en nuestra vida matrimonial.

Valore y ame a su cónyuge

Si hay algo que deteriora la vida en pareja, es comparar a nuestro cónyuge con otras personas. Decirle algo como: “Deberías actuar como el esposo de mi vecina”, o quizá: “Me gustaría que fueras amorosa como la señora de enfrente lo es con su marido”, es dañino. Comparar hiere y de paso, destruye sentimientos.

En otras palabras, comparar contribuye a deteriorar el encanto que unió a la pareja desde el comienzo. Hacen sentir al esposo o a la esposa como inútiles. Y si han decidido cambiar en su comportamiento, lo más probable es que experimentarán desilusión y se darán fácilmente por vencidos.

Nuestra pareja es única e irrepetible. Es un regalo de Dios para nuestra vida. Sobre esa base, debemos valorarla tal como es. Es una forma de expresarle nuestro amor.

El apóstol Pablo dio sustento a este principio cuando escribió: "El amor no hace mal al prójimo; por tanto, el amor es el cumplimiento de la ley.” (Romanos 13:10. La Biblia de Las Américas). Igualmente, en la carta a los creyentes de Roma y también a nosotros, enseñó: "No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley.” (Romanos 13:8. LBdLA)

Y si estamos hablando de expresar el amor, y no comparar a nuestro cónyuge, debemos entrar a considerar otro aspecto de suma importancia: No criticar a la familia de su esposo o esposa.
La especialista colombiana, Carolina Londoño Gutiérrez, enseña que “Criticar a la familia del cónyuge es una herramienta de la que se echa mano con frecuencia cuando se tiene una discusión, porque se sabe que con ella se lastima fuerte al otro. Frases como “tu hermano sí que es alcohólico, yo solo bebo de vez en cuando”, se deben evitar al máximo. Así sea que la pareja sepa que no tiene la mejor familia, no es sano meterse con algo que es sagrado para ella. Criticar a la suegra, al suegro, a las cuñadas, porque los ven como enemigos, es meterse con un aspecto que hace parte de la intimidad, del sentir del otro y eso también resquebraja el vínculo marital.” (Carolina Londoño Gutiérrez, citada en el diario El País. 20/09/2015, Edición impresa. Colombia. Pg. C4)
Si es esencial que no critiquemos inmisericordemente a nuestro cónyuge, ni lo compañeros con los demás, una demostración de respeto necesaria es no criticar a su familia. “Cada vez que mi esposo se enojaba, decía que yo era igual a mi madre; que compartíamos con ella un genio insoportable.”, confesó una joven esposa que estaba a punto de separarse.

Reunirse y reconocer en qué se estaba fallando, fue el camino. El esposo debió admitir, por la fuerza de las circunstancias, que había asumido una actitud poco considerada. Cuando dejaron de llover críticas, el ambiente familiar cambió.

Recuerde siempre que nuestro amado Dios, es el Dios de la familia. Cuando surgen dificultades, Él quiere ayudarnos a encontrar soluciones. No obstante, para que haya entendimiento, diálogo y se corrijan fallas, es importante que Jesús more en nuestro corazón. Cuando Cristo mora en nosotros, la vida familiar se torna gratificante.


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