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Dele gracias a Dios por su familia

Dele gracias a Dios por su familia

Con frecuencia me preguntan: ¿Cómo debe ser la familia de un líder cristiano? Mi respuesta desde la primera vez que me interrogaron al respecto, no ha variado: Debe ser una familia normal. Con todas las implicaciones que se derivan del término.

"¿No debería ser distinta?", me cuestionan a continuación, como si estuviera diciendo una especie de herejía.

Por supuesto, debe ser diferente, pero no por su comportamiento acartonado, por que hablen todos con voz muy suave o quizá, porque los integrantes lleven la Biblia más grande de todos cuantos asisten a la congregación. Debe ser diferente en cuanto a que apliquen principios y valores. Eso es lo fundamental.

Hemos mal acostumbrado a las comunidad de creyentes, vendiéndoles la idea de que en una familia pastoral o de líderes cristianos no hay conflictos. ¡Tremendo error! De esa manera, cuando los demás enfrentan problemas, seguro pensarán que son malos cristianos.

¡Quitémonos el antifaz! También en las familias de pastores y líderes hay conflictos. La diferencia estriba en que, cuando surgen diferencias, buscamos a Dios para que nos ayude a resolver esos tropiezos. ¡Esa es la diferencia: La intervención de Dios! — Salmos 127:2, 2.

No conozco, permítanme decirlo con sinceridad, ninguna familia en la que no existen dificultades, bien sea de líderes o de personas que recién llegan a acompañarnos en la comunidad de creyentes...

Nuestros hijos son normales, ¿o no debería ser así?

¿Cómo son los hijos de pastores o líderes? Normales. Enfrentan las mismas vivencias que todo niño, adolescente o joven en su edad. Nada los diferencia, salvo que desde su más tierna infancia procuramos sembrar en ellos principios y valores que los acompañarán toda la vida (Cp. Proverbios 22:6)

Recuerdo un campamento de adolescentes al que me invitaron como conferencista. Después de una mañana de charlas, y mientras descansábamos al mediodía, les pedí que no hicieran daños en las instalaciones, especialmente con balones de fútbol. Les advertí que quien trasgrediera la instrucción, iba a lavar los platos el resto de la semana.

Estaba medio dormido en la siesta cuando escuché un estruendo. Pensé que el enorme edificio se estaba cayendo. Una vez pasó el aturdimiento, caí en cuenta que habían golpeado las baterías sanitarias — construidas con revestimiento de acrílico — con un balonazo.

Cuando fui a investigar por los culpables, encontré que entre ellos se encontraba mi hijo Fernando Jr. ¿Quién dijo que los hijos de pastores y líderes no son como los demás?

Que los demás no nos condicionen

El mayor error nuestro es dejarnos arrastrar por ideas pre concebidas en torno a la santidad de nuestros hijos, en la certeza de que nunca fallan. Dejarnos presionar por esa idea llevó a que mis propios hijos le tomaran molestia a la iglesia. ¿La razón? Después de predicar se me acercaba uno que otro hermano para quejarse: Su hija estaba bostezando en el culto; Fernando Jr. no cantó durante la alabanza, y Mauricio, jugando con muñequitos.

Yo callaba hasta llegar a casa. Apenas cruzábamos el umbral de nuestro hogar, me despachaba en tremendo sermón dirigido a ellos, sobre cómo debían comportarse en el templo. ¡Echaba a perder un domingo que debería ser tremendo momento de alegría por haber estado en un período de adoración a Dios!

Un día y después de discutir el asunto con mi esposa, decidí que mis hijos serían simplemente eso: Muchachos, con virtudes y fallas. La diferencia, insisto, serían los principios y valores inculcados en ellos.

¡Deje que sus hijos vivan su niñez, adolescencia y juventud! No los encasille en un molde por darle gusto a los hermanos de la congregación que tienen ideas preconcebidas sobre la santidad y nos presionan en esa dirección, para que ellos respiren santidad cada segundo.

¿Y qué de usted? Es un ser humano que sirve a Dios

Por último está nuestra condición de hombres y mujeres que servimos a Dios. ¿Quién dijo que no podríamos fallar alguna vez? ¿Acaso alguna vez no tuvo un disgusto con su cónyuge, justo un domingo, cuando minutos después debía predicar o enseñar en la Escuela Dominical? ¿A quién no le ha ocurrido?

El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra... (Cp. Juan 8:7)

Los hombres y mujeres de Dios también tenemos temores, momentos de desaliento, nos reímos pero lloramos; a veces experimentamos incertidumbre, quizá pensamos en el mañana o, alguna vez al menos, hemos concebido la posibilidad de tirar la toalla y renunciar al ministerio. ¿Le ha ocurrido en algún momento? Si no es así, recuerde: El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra...

Nos identificamos en algo: Debemos vivir para el Dios al que servimos. Pero Él entiende cuando estamos “bajos de nota” y no queremos seguir adelante. Él es un Padre amoroso que nos comprende, no un viejito gruñón con el ceño fruncido, ávido de pillarnos en un error para castigarnos.

Desde hoy, por favor, fíjese una meta: Viva a Cristo, sírvale con el corazón, pero admita que usted es un hombre o una mujer que desea hacer lo mejor pero aún no es perfecto... ¿Y en cuanto a sus hijos? Déjelos que vivan cada etapa. No pretenda que jamás fallen. Preocúpese por inculcarles principios y valores.

¡Dios hará el resto!

Por último, algo que no puedo pasar por alto: Tengo una familia maravillosa. Riño a veces con mi esposa, pero procuramos arreglos. Mis hijos no son perfectos — y permítame enfatizarle: No pretendo que sean perfectos —. Son mis hijos, los amo tal como son y se, que aun cuando Lucero y yo no estemos con ellos, se moverán alrededor de los principios y valores que sembramos en ellos desde cuando eran niños... ¡Haga usted lo mismo, o al menos, en un sentido similar!


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