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¿Es posible ser un cristiano que marca la diferencia en la sociedad?

¿Es posible ser un cristiano que marca la diferencia en la sociedad?

Jamás podré lograrlo… — se repetía Carlos Alberto —. Nací para pecar y, sin duda, no voy a cambiar —.

Un mes atrás había recibido a Jesucristo como Señor de su vida. Un momento inolvidable. Al término de un servicio en la calle, en el que predicaron varios jóvenes igual que él. Más que religiosos, le pareció llamativa su forma de ser, actuar y pensar. “Son jóvenes como yo; no beben ni se drogan, y se ven felices”, le comentó a su madre.

Ella no animó a seguir. Iba a las reuniones de jóvenes de la iglesia, los sábados en la tarde.

Su problema— si es que se le puede llamar problema— comenzó cuando quiso cambiar su forma de pensar y actuar, en un abrir y cerrar de ojos. Cuando le asaltaba la vieja naturaleza, se sentía frustrado.

Llegó a pensar en aislarse de todo y de todos. Si embargo, esa decisión le trajo mayores dificultades. Por fin se dio por vencido. Sinceramente, no sabía qué hacer.

Traigo a colación la historia de Carlos Alberto, porque tal vez es la suya. Todos en algún momento hemos experimentado la frustración de encontrarnos cara a cara con nuestra vieja naturaleza, cuando anhelamos la santidad.

¿Recuerda los anacoretas? Sin personas que deciden aislarse, retiradas de todo trato con las personas, para entregarse a la vida contemplativa con Dios. Generalmente eran monjes. Y nosotros no podemos pretender ser como ellos, en pleno siglo veintiuno, apartados del mundo que nos rodea. Querámoslo o no, debemos interactuar con los demás y si vienen los problemas, enfrentarlos.

Para muchos la santidad se circunscribe a una serie de conceptos que tienen poca o ninguna relación con aquello que deben vivenciar. Ser santo es movernos en la dimensión de la voluntad de Dios, caminando en Su temor, que no es otra cosa que apartarnos de todo aquello que nos induce al pecado y su materialización.

Santificación posicional y progresiva

La santificación tiene dos clases claramente definidas. La primera, es de carácter posicional y está representada por el obrar del Espíritu Santo sobre los pecadores, como anotan las Escrituras: “Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo dónde está la culpa, dónde la inocencia y dónde el juicio. La culpa la mostrará en ellos, porque no creen en mí...” (Juan 16.8, 9)

Es Dios quien produce la transformación y nos llama a formar parte de Su pueblo escogido, cuando nos torna conciente de los pecados cometidos y de la necesidad de experimentar transformación.¿Es posible conciliar la santidad en la vida cristiana?

La segunda es la santificación progresiva. Es aquella que experimentamos los cristianos cuando, con ayuda del Señor, crecemos en las dimensiones personal y espiritual. Si bien es cierto en la primera fase Dios nos hace concientes del pecado y convence de la maldad, es Dios quien nos lleva al arrepentimiento y nos lleva al crecimiento en la vida cristiana. Recuerde que usted y yo fuimos creados, no para el estancamiento, sino para el cambio y el crecimiento.

La santidad se construye, no en nuestras fuerzas, sino en las fuerzas que provienen de nuestro amado Dios y Padre, quien nos guía y afianza.

Frente a la condición pecaminosa del hombre, la santidad e Jesús estuvo unida al amor porque fue comprensivo y compasivo con el género humano. Aun cuando rechazaba el pecado, amada al pecado (Cf. Mateo 5:17-20)

La santidad del amado Salvador le hacía inmune al pecado. Igual con nosotros: ser santos nos ayuda a sobreponernos a la tentación.


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