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¿Estás buscando ser feliz?

¿Estás buscando ser feliz?

Imagínense por un instante un pueblecito pequeño en el que todo resulta tan familiar, que aún sin despertar el día ya todos saben qué le ocurrió a los vecinos de enfrente y a los que residen dos casas más allá.

Y por esa proximidad que ha eliminado diferencias culturales, económicas y raciales, pronto se enteran que el boticario trajo de la ciudad una urna en la que dice guardar la “piedra de la felicidad”.

Vendí todo lo que tenía y la compre— explica a los visitantes al tiempo que comparte su esperanza de que ahora sí terminen sus problemas.

Alguien se anima: “Yo quiero una” y otro más le sigue, y en cuestión de horas todos tienen su propia “piedra de la felicidad”.

Es así como en menos de dos semanas no hay hogar donde no se exhiba una, y ansían que llegue el atardecer para sentarse en torno al altar que le han construido.

Es eficaz — comentan sin dejar de sonreír porque esa es la misma actitud que vieron en el notario, en el tendero y en el único médico del poblado.

Sin embargo un día cualquiera uno de los parroquianos comenta que la piedra no ha traído mayores cambios a su familia, salvo que para comprarla, vendió todas sus propiedades y ahora le toca redoblar esfuerzos para conseguir el sustento.

Ya no soy feliz— admite —. Creo que era más feliz cuando podía hacer las cosas que antes — ,y aleja de su rostro todo asomo de sonrisa porque está cansado de fingir lo que no siente.

Sus frases son corroboradas por otro, y otro más, y pronto — como en una romería — decenas de personas van camino del basurero a arrojar las piedras, las que antes de llegar la noche se convierten en un montón y se erigen como el monumento a una insaciable búsqueda de la realización personal.

De regreso a la cotidianidad, alguien comparte: — Me dijeron que en un pueblo cercano encontraron la fórmula para la felicidad —. Y comienza de nuevo el ciclo casi con iguales características que experimentaron cuando renunciaron a todo lo que poseían para comprar la piedra...

Camino de la realización personal

Este breve relato que conservo desde cuando cursaba teología en el Seminario, me llevó a reflexionar en la incesante búsqueda de realización que acompaña a decenas de personas.

Ese afán tiene varios nombres. Para algunos es la “felicidad”, para otros “paz espiritual”, hay quienes le pusieron el rótulo de “buenas relaciones con Dios” y otros más “alcanzar metas en la vida”.

Cualquiera que sea la etiqueta, expresa la ansiedad que nos despierta ver transcurrir los días sin que nada extraño ocurra para despertar un día y descubrir, aterrorizados, que poco a poco nos hacemos viejos sin que hayamos hecho algo que valga la pena o que al menos deje huellas en los demás. Eso es tanto como transitar por la existencia sin “Pena ni gloria”.

Esta condición se refleja en la vívida descripción que hace Job cuando escribe:“El minero ha puesto fin a las tinieblas: hurga en los rincones más apartados, busca piedras en la más densa oscuridad. Lejos de la gente cava túneles en lugares nunca hollados; lejos de la gente se balancea en el aire. De sus rocas se obtienen zafiros, y en el polvo se encuentra oro. Abre túneles en la roca, y sus ojos contemplan todos sus tesoros. Anda en busca de las fuentes de los ríos, y trae a la luz cosas ocultas.” (Job 28:3, 4, 6, 10, 11. Nueva Versión Internacional).

El protagonista del relato bíblico encarna a muchos de nosotros, ocupados tal vez en hallar algo que le otorgue sentido a la vida. Sin embargo tropezamos con una enorme desilusión al descubrir que aquello en que creíamos encontrar la fuente de la paz, la realización personal o lo que muchos denominan “felicidad”, no es más que un espejismo.

En mi vida he acompañado como espectador a decenas de condiscípulos que dijeron en algún momento: “Ahora sí encontré el camino que debo seguir”, y comenzaron el sendero para hallarlos, después de algún tiempo, dando vueltas en el mismo lugar, sin que hayan logrado nada extraordinario salvo que se esforzaron sin resultados.

No podría despedirme sin antes invitarle para que le abra su corazón a Cristo Jesús y le reciba como su único y suficiente Salvador. Es la mejor decisión que jamás podrá tomar y, de paso, el primer escalón en el proceso de crecimiento personal, espiritual y familiar que siempre ha anhelado.


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