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Honradez, un principio para convivir

Honradez, un principio para convivir

Los destellos de luz provenientes de las cámaras fotográficas, y las preguntas superpuestas unas a otras a través de las cuales los periodistas buscaban indagar respecto a la verdad del asunto, sorprendieron a Mijail Jodorkovsky el día que compareció ante el tribunal.

No fue el único a quien le asaltó la sorpresa. A familiares y amigos también les extrañó el cúmulo de acusaciones por fraude, malversación de fondos y evasión de impuestos, en uno de los casos judiciales más controvertidos en Rusia.

Lo curioso del asunto es que permanece en una jaula de metal, como lo establece la jurisprudencia rusa hasta tanto se compruebe su inocencia o se compruebe la culpabilidad.

En el diminuto espacio de barrotes gruesos, el hombre semejaba una fiera en cautiverio. Se limitaba a extender las manos, como si mediante aquél gesto pudiera detener la horda de curiosos que no quieren perder ni el más mínimo detalle.

El titular de un diario anunció: “De multimillonario a presidiario”. Aparecía en primera plana, en la parte superior, con letras rojas y gruesas ocupando un amplio espacio.

El caso de Jodorkovsky es una pieza central de la ofensiva que libra el estado contra quienes se enriquecieron con motivo de la privatización de empresas gubernamentales que se inició en la década de los noventa. Es un magnate petrolero. Está retenido desde octubre del 2003.

Hoy día sus equipos personales de computación y el movimiento de sus cuentas bancarias, figuran como pruebas en contra.

Una aplicación práctica

La historia del propietario de muchas empresas a quien la vida le cambió en cuestión de segundos, ilustra varios aspectos interesantes que debemos considerar: primero, asumir que las propiedades materiales son efímeras y en cualquier momento pueden desaparecer; segundo, que nada de lo que hacemos mal quedará oculto para siempre y, tercero, que es necesario recobrar la transparencia en todas las actuaciones con el propósito de aplicar los principios de justicia que Dios recomendó a su pueblo.

Un principio ineludible quedó consignado el Monte Sinaí cuando Él dijo a los israelitas: “No roben, no mientan, no engañen a su prójimo. No explotes a tu prójimo, ni lo despojes de nada. No retengas el salario de tu jornalero hasta el día siguiente” (Levítico 19: 11, 13. Nueva Versión Internacional).

No deber nada a nadie...

Al comenzar el tránsito con Cristo Jesús, es necesario que se realicen ajustes a nuestra forma de vida. No es en nuestras fuerzas sino en las de Dios. Tales modificaciones en la forma de pensar y de obrar están recomendadas en las Escrituras.

Precisamente, a propósito de la honradez y de estar al día con todos   leemos una admonición del apóstol Pablo a los creyentes de Roma y, por supuesto, también a nosotros hoy: “No tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros...” (Romanos 13:8 a. Nueva Versión Internacional).

¿Ha meditado en lo mucho que enriquecería su existencia poner en práctica este recomendación? Sin duda las cosas serían diferentes. No tendría tantos problemas como puede experimentarlos hoy teniendo compromisos que no cumple con los demás, o debiendo más de aquello que puede pagar... Eso es sinónimo de falta de honradez.

¿Desea un cambio?

No dudo que está cansado de que su existencia sea un caos producto de hábitos y principios de comportamiento que le han traído múltiples problemas. Sin embargo es posible cambiar. Se logra con ayuda del Señor Jesucristo.

¿Acaso no mora Dios en su corazón? Es probable que no porque no ha abierto el corazón a su obrar maravilloso. ¿Cómo hacerlo? Es muy sencillo. Incluso puede hacerlo ahora mismo. Basta que le diga: “Señor Jesucristo reconozco mis pecados que me distanciaron de ti y han traído consecuencias negativas en mi relación conmigo y mis semejantes. Acepto el perdón que ganaste para nosotros por tu sacrificio en la cruz. Entra en mi corazón y haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”

¡Le felicitamos! Ha tomado la mejor decisión de su existencia. Ahora le sugiero tres pasos importantes. El primero, hacer de la oración un principio de vida. Hablar con Dios edifica nuestra vida, nos permite obtener su orientación y además, es fundamental en el crecimiento espiritual. Un segundo paso es la lectura sistemática de las Escrituras. Allí aprenderá el plan del Señor para su existencia. Y por último, le recomendamos congregarse en una iglesia cristiana...


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