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No se convierta en esclavo del trabajo

No se convierta en esclavo del trabajo

Si hay un mal de nuestros tiempos, una atadura que nos lleva a una espiral sin fondo, es la esclavitud al trabajo.

La sociedad nos ha vendido la idea de que tener es la única vía a la felicidad. Poseer bienes materiales, alcanzar estatus social, gozar de cierto nivel de reconocimiento entre quienes nos rodean, y una buena cuenta bancaria está en el imaginario de muchos como la máxima aspiración.

Esa idea ha venido haciendo carrera en nuestro tiempo y ha tomado especial fuerza en los últimos años.

Olvidamos casos verídicos de hombres y mujeres que murieron mientras perseguían el sueño de hacerse ricos, y cuando llegaron a la cima, descubrieron que no los hacía felices; por el contrario, se hallaron sin cónyuge ni hijos con quienes compartir los logros.

Lo más irónico es que conforme nos dejamos absorber por las ocupaciones, nos apartamos de Dios, la fuente de nuestro bienestar. Nos alejamos de Aquél que puede traer soluciones a nuestra vida. Nos distanciamos de quien tiene respuestas a nuestros interrogantes y soluciones a los problemas.

Primero está su vida antes que el trabajo

Quienes se ocupan de trabajar y dejan de lado vivir la vida, en lo personal y familiar, terminan esclavos de su propia decisión. Lo más probable es que llegue el día en el que no le encuentren sentido a la existencia.

Cumplir un horario laboral está bien, pero hasta allí. No excedernos en nuestras fuerzas. Si lo hacemos, corremos el peligro de enfermar. No en vano el rey Salomón, uno de los gobernantes más ocupados de todos los tiempos, llamó a sus lectores a descansar en Dios. Él aconsejó: “Reconócele en todos tus caminos, y El enderezará tus sendas.” (Proverbios 3:6. La Biblia de Las Américas)

Una investigación difundida a comienzos de agosto del 2015 por la Revista científica “The Lancet", señala que las largas jornadas laborales suponen un grave peligro para la salud y podrían aumentar el riesgo de sufrir una embolia cerebral.

Los investigadores descubrieron —a partir de los datos de más de 500.000 personas de Estados Unidos, Europa y Australia — que aquellos que trabajan más horas tenían también más riesgo de sufrir una embolia o un ataque al corazón.

El cuidadoso análisis lo hicieron tomando como referencia una jornada laboral media de entre 35 y 40 horas semanales para comprobar cómo afectaba el aumento de horas de trabajo al riesgo de enfermedades cardiovasculares.
De acuerdo con los especialistas: “En una jornada laboral de 41 a 48 horas semanales el riesgo asociado a enfermedades se incrementaba en un 10 %; mientras que trabajar de 49 a 54 horas a la semana aumentaba el peligro hasta el 27 %; y hacer más de 55 horas suponía multiplicar el peligro por tres. Mika Kivimaki, investigador de la University College London, afirmó que "la puesta en común de los estudios previos disponibles" les permitió "investigar la relación entre trabajar muchas horas y el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares con una precisión sin precedentes".”(Citado por la Agencia EFE. 20/08/2015. Edición digital)
No en vano todos los estudios apuntan a señalar que las largas jornadas laborales tienen tal impacto en las afecciones de salud; hay que sumar a éste hecho otros factores como el estrés, la vida sedentaria y el alcohol podrían estar  asociados.

Quien decide trabajar y trabajar sin pensar en sí mismo ni en su familia, está camino a la destrucción en su salud, y por supuesto, en las relaciones con quienes le rodean.

Vivir la vida

Todo tiene su tiempo. Es un hecho que ni hoy ni nunca podemos desconocer. Y cuando decidimos aplicar criterios de equilibrio en nuestra existencia, comienzan cambios que nos ayudan a encontrar paz y sosiego.

Quienes sólo viven para trabajar terminan comprobando que no satisface sus expectativas y que no encuentran la felicidad en los bienes materiales.

El apóstol Pablo escribió hace siglos una valiosa recomendación que nos valdría mucho tener en cuenta: “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios.” (Filipenses 4.6. La Biblia de Las Américas)

El afán no produce otra cosa que estrés y cansancio, que son dos factores determinantes para entrar en desasosiego. Si llegamos a esa etapa, no le encontraremos sentido a la vida.

Nuestro amado Salvador Jesucristo también recomendó: “Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa?” (Mateo 6:25. La Biblia de Las Américas)

Dios no nos obliga, simplemente nos advierte. Y a través del apóstol Pedro, nos llama a entregarle todo aquello que nos afana y nos preocupa: “…echando toda vuestra ansiedad sobre El, porque El tiene cuidado de vosotros.” (1 Pedro 4:7. La Biblias de Las Américas)

Desconozco cuál sea su situación en detalle, pero sí puedo decirle que es hora de hacer un alto en el camino. Pregúntese: ¿Cuánto ha logrado con tanto afanarse. ¿Está satisfecho con todo su esfuerzo? ¿Lo ha disfrutado realmente? ¿Qué consecuencias ha tenido en su familia?

Es importante y evaluarnos. Lo más probable es que coincidirá conmigo en que debe comenzar a tomar descansos e ir modificando sus jornadas laborales. No lleve trabajo a casa. Cuando cruza el umbral de su hogar, es a su cónyuge y a sus hijos a quienes debe dedicarse. Es una decisión sabia que traerá gratificación a sus días.

No podría despedirme sin antes invitarle a que reciba a Jesucristo como su Señor y Salvador. Es una decisión de la que jamás se arrepentirá. Si Cristo Jesús mora en su vida, podrá emprender el proceso de crecimiento personal, espiritual y familiar que siempre ha anhelado. ¡Ábrale su corazón a Jesucristo! Hoy es el día para tomar la decisión…


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