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Tres razones para seguir predicando aun cuando no vea resultados

Tres razones para seguir predicando aun cuando no vea resultados

A Elpidio Córdoba lo vi por primera vez caminando bajo el inclemente sol del atardecer, en Vijes, el pintoresco y humilde pueblecito donde nací.

Su hijo adolescente caminaba junto a él llevando sobre sus hombros un viejo parlante. Predicaba a todo pulmón sobre el poder transformador de Jesucristo. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió en el horizonte de la calle polvorienta. Sudaba a raudales, pero proseguía: "Jesucristo es el camino, la verdad y la vida…”

No fue la única vez, por el contrario, lo hizo muchas veces: predicaba casi a diario. Las gentes lo miraban pasar, asomándose entre curiosos y sarcásticos por las rendijas de las ventanas.

En un pueblo decididamente tradicionalista como aquel, no era extraño que se burlaran del predicador. Lo criticaban y alguien incluso le arrojó agua. “Vete de aquí, evangélico” le gritaban los niños que corrían detrás arrojándoles piedras. Sin embargo, Elpidio no se dejó amilanar por el desánimo o las adversas circunstancias.

En la vivienda que alquiló, instaló varias sillas que pretendían ser el templo. Por largo tiempo sus mensajes los escucharon únicamente su esposa e hijos. Los escaños permanecían vacíos.

Sobra decir que este pastor pasó muchas penurias económicas hasta que perdió la cuenta de las ocasiones en que se acostó con un café y un pan por alimento. Actualmente reside en otra ciudad pero la iglesita que fundó es hoy una próspera congregación y el número de convertidos a Cristo crece. Los desvelos, lágrimas y enseñanzas del reverendo Elpidio están germinando.

Quizá puede ser su caso

Históricamente Dios ha utilizado la vida de hombres y mujeres que en su momento pareciera que predicaban en el desierto.

La Biblia nos ofrece el ejemplo del profeta Elías quien entró en una profunda depresión porque “…los hijos de Israel han dejado tu pacto (el de Dios con su pueblo), han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas, y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida” (1Reyes 19:14).

El profeta Isaías se quedó “Porque este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quieren oír la ley de Jehová; que dice a los videntes: No veáis; y a los profetas: No nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizar mentiras” (Isaías 30:9,10).

Jonás también expresó su desaliento por creer que predicaba en un desierto, huyendo de la misión que Dios le encomendó.

Quizá usted haya volcado sus esfuerzos a predicar el evangelio y le acompaña la extraña sensación de que no hay resultados. Ese sentimiento generalmente está asociado con el desaliento y hay quienes caen presa de la depresión. Se preguntan: “¿De qué ha servido todo este tiempo sirviendo al Señor?”.

1. No se desespere. La cosecha vendrá

El apóstol Pablo escribió bajo la gloriosa inspiración del Espíritu Santo: "El labrador, para participar de los frutos, debe trabajar primero” (2 Timoteo 2:6).

En otras palabras, sembrar es perseverar velando porque cada semilla se siembre con pasión y fe. Leí sobre un evangelista que viajaba en las embarcaciones del río Clyde, en Escocia, repartiendo propaganda evangélica y Nuevos Testamentos.

Lo hacía sin desmayar en su propósito porque él mismo había conocido a Jesucristo cuando alguien le regaló un tratado evangelístico una fría noche cuando pasaba junto a un templo. El distribuía material por todas partes pues tenía la firme convicción que Dios trataría con la vida de sinnúmero de personas que recibieran aquellos folletos.

Pero renunció porque pensó que era inútil predicar sin que nadie se convirtiera. Pasaron los años. Estaba cansado y viejo. Y escuchó que a la ciudad había llegado un predicador. Iban multitudes a escucharlo. Él también fue. Y una noche contó el predicador que se convirtió a Cristo después que alguien que iba en un barco por el río Clyde repartiendo folletos evangelísticos.

Era un muchacho entonces, lo leyó y se hizo cristiano. Ahora iba por todo el mundo... ¡Y pensar que el evangelista pensó alguna vez en Escocia que su trabajo había sido en vano! Quien escuchó el mensaje, hoy ganaba millares para Cristo, producto de un tratadito que recibió cierto día hace muchos años...

2. El crecimiento lo da Dios

La vecina de la esquina asiste a una iglesia evangélica. Es divertida y servicial. Cuando llega gozosa del culto, enfila todo el arsenal sobre su hijo inconverso: “Si sigues así te condenarás. Cambia, deja ya esa vida desordenada”.

Siempre lo mismo y piensa, de un lado, que está predicando en un desierto, y de otro, que Dios no escucha las oraciones para que su muchacho acepte a Jesucristo. Ella al igual que nosotros cae en el error de creer que las almas se convertirán al Señor por nuestros esfuerzos. Predique, ore y espere en Dios. No podemos olvida que como escribiera el apóstol Pablo: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (2 Corintios 3:6).

Es Dios, y nadie mas que El quien hace la obra.

3. En el tiempo de Dios verá los resultados

Aunque No vemos los frutos de manera inmediata, en el tiempo de Dios podremos apreciar la cosecha. Decenas de líderes y pastores hacen ingentes esfuerzos con publicidad a través de la radio o la televisión buscando nuevos visitantes para sus congregaciones, y cada vez tropiezan con nuevos fracasos. ¿La razón? El Señor tiene su propio horario, que defiere del nuestro. Por algo anota Dios: “…así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mi vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” (Isaías 55:10, 11).

Posiblemente no ha visto grandes frutos de su labor cuando predica, a pesar de que lo hace con verdadera pasión por ganar almas. Pero no se de por vencido, en el calendario del Todopoderoso, en el tiempo señalado, los resultados saltarán a la vista.

Escuché de alguien en los Estados Unidos a quien le dicen el “Reverendo botellas”. El tiene un estilo muy particular de predicar.

Recoge botellas de wiskie vacía, introduce en ellas una carta invitando para que el lector acepte a Jesucristo en su corazón, y finalmente las arroja al mar…

Y ¡Sorpréndase! Desde todos los rincones del mundo han llegado cartas de hombres y mujeres que aceptaron a Jesús por ese medio que pareciera insólito. ¿Comprende ahora que usted no está predicando en el desierto…? No se desanime. Siga adelante... Verá la cosecha...


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