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Cinco preguntas que revolucionarán su liderazgo ministerial

Cinco preguntas que revolucionarán su liderazgo ministerial

Cuando comenzó el liderazgo en la iglesia, José Ramiro estaba decidido a ser un poderoso instrumento en las manos de Dios. Lo leyó en la Biblia una y otra vez, y se fijó esa meta.

Pronto el pastor de la congregación se fijó en él, en su consagración, y sobre todo, en la disposición de ayudar en lo que se requiriera.

Creció como líder, pero lamento compartirles que, una vez se sintió fuerte, dividió la iglesia.

Lucía, por el contrario, siempre ha dispuesto su corazón para servir al Señor Jesús, pero permanece invisible. A esa invisibilización contribuyen quienes desean mostrarse, y por tal motivo, sobresalir.

Muchas veces ha pensado en renunciar se irse para otro lugar. Se siente desalentada. Pareciera que nadie reconoce sus esfuerzos.

Dos fenómenos comunes

En nuestro tiempo resultan comunes dos fenómenos. De un lado, quienes comienzan bien, sirviendo a Dios, pero se desvían de la dirección y terminan trabajando para construir su propio reino, y no el del Señor quien los llamó a la obra.

Por otra parte, están quienes desean visibilizarse. Trabajan para la obra del Reino, pero se sienten relegados. Otros, por el contrario, consideran que se les subestima.

Lo mejor es irme a otro lugar — , me escribió una anciana de la iglesia. ¿La razón? Se sentía subutilizada.

Ella se formó en el mismo seminario teológico que yo, y llegó a ser maestra allí— formadora de pastores y de líderes— cuando apenas yo iba a la escuela a tomar mis primeras clases de lectura y escritura. Sin embargo, permaneció en la banca mucho tiempo.

Creímos de manera equivocada que una persona pensionada, como ella, querría descansar. Nunca preguntamos su opinión. La hermana, por su parte, creía firmemente que no apreciábamos sus capacidades.

La obra le pertenece a Dios

¿Ha escuchado hablar de Juan el bautista? Lo más probable es que sí. Ahora, ¿qué pensaría si le digo que es un ejemplo para el liderazgo secular y cristiano hoy? Tal vez el asunto le suene un poco diferente. ¿Por qué razón? Porque asociamos a este impactante líder sólo con el ámbito religioso y olvidamos que él, en su momento, impactó el entorno.

Juan el bautista entendió que las multitudes no le pertenecían. Le pertenecían a Dios. Estaba dispuesto a renunciar al reconocimiento con el propósito de que se cumpliera el propósito divino. ¡Qué diferente de pastores y líderes que se creen dueños de la congregación y no trabajan para extender el reino de Dios sino para construir su propio reino!

Es probable que Juan se haya visto tentado por la fama. Es natural. Sin embargo no sucumbió. Fue fiel a Dios y a la causa. Llegado el momento “...Juan vio que Jesús estaba acercándose a él y dijo:”Miren, él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A él me refería cuando dijo: “Hay un hombre que viene después de mi que es más importante que yo porte existía antes que yo. Yo mismo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que así Israel pudiera darse cuenta de quién es él” (Lucas 1:29-31. Nuevo Testamento la Palabra de Dios para todos).

Cumplió su misión. Terminó sus días en la cárcel, condenado a muerte. Sin embargo, cuando iba camino del lugar en el que sería sacrificado, Juan tenía la conciencia tranquila y le embargaba la satisfacción del deber cumplido.

Tenía claro que había hecho lo que le correspondía, en su propia existencia y como siervo de Dios.

¿Qué podríamos decir de su vida? ¿Tiene acaso un propósito? ¿Está luchando por algo que motiva cada instante de su vida? Es hora de que examine su existencia.

Sea honesto consigo mismo. ¿Ha luchado por sus sueños? ¿Ha renunciado a ellos? ¿Es fiel a Dios y a la causa del reino? ¿Está construyendo el reino de Dios o su propio reino? ¿Está seguro de haber cumplido su misión?

Cinco preguntas para auto evaluarnos

Como pastores, obreros y líderes, debemos tomar tiempo para examinarnos. Quizá estamos fallando, pero no nos damos cuenta. O por el contrario, todo nuestro esfuerzo en la obra de Dios es para exaltarnos a nosotros y no al Dios que nos llamó a servirle.

Si está dispuesto a hacer este alto en el camino, formúlese cinco sencillos pero eficaces interrogantes:

  • ¿Soy consciente de la enorme responsabilidad que me asiste al ser llamado a servir a Dios?
  • ¿Tengo claridad que al servir a Dios debo exaltarlo a Él y no mostrarme yo como la figura principal?
  • Cuando las personas van a las reuniones que presido, ¿a quién exaltan: a Cristo o mi forma de desarrollar el liderazgo?
  • ¿He rendido mi vida a Cristo y le he dicho: “Hágase tu voluntad y no la mía”?
  • ¿Qué cambios estoy dispuesto a hacer en mi desenvolvimiento ministerial?

Revise singular importancia que usted se formule estos interrogantes periódicamente. Tómese un tiempo, ore a Dios, y pídale que le muestre en qué pudiera estar fallando.

Una buena recomendación es que, en una libreta de apuntes, escriba el día que hizo el examen a su desenvolvimiento ministerial, y relacione los cambios en los que se compromete a trabajar.

No se conforme con una sola vez para realizar este ejercicio. Procure que sea permanente. Dinamizará su vida personal, familiar y ministerial.

Encuentre el propósito de Dios

Cuando nos sometemos a Dios, renovamos nuestra visión si es que nos hemos apartado de la misión original. El Señor le llevará, en esos encuentros, a identificar el propósito que trazó desde la eternidad para cada uno de nosotros.

Aquí cabe citar al autor y conferencista internacional, Lucas Leys:

“Hay un propósito para tu existencia y Dios te dio la vida para que cumplas con esa misión. Nadie más puede hacerlo, ni siquiera la copia más perfecta tuya podría hacer todo lo que tú puedes hacer porque Dios te hizo único y preciso para hacer tu aporte. ¿Te comienzas a sentir especial? ¡Muy bien! “eres especial”. Es hora de que te lances a la preciosa aventura de llegar a ser todo lo que Dios quiere que seas y hagas en este mundo.” (Lucas Leys. “151 encuentros con el Rey”. Editorial Vida. EE.UU. 2002. Pg. 7)

¿Está decidido a que su vida pase sin pena ni gloria? ¿Cumplirá la misión para la que Dios le llamó? Las respuestas las tiene usted. Están en sus manos. Pero no dudo que una reflexión detenida estos interrogantes, le permitirán reorientar su vida y ministerio.

No podría despedirme sin antes invitarle para que reciba a Jesucristo en su corazón como único y suficiente Salvador. Es la mejor decisión que jamás pueda hacer.


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